28 de febrero de 2024

Ese nudo en la garganta. Por José Déniz

Es un nudo en la garganta que se te agarra y llega a parecer una mano invisible que apura tu respiración. Pero el aire entra, se transforma e impulsa ese nervio que te recorre los brazos, el cuerpo entero, y te llega a la nariz y a los ojos, provocando una incontrolable emoción en forma de lágrima. Sin saber por qué, de forma inconsciente, hay algo en ti que no controlas, que intenta reprimir esa expresión tan humana. Tristeza, nostalgia, añoranza… y orgullo. Un orgullo del que no eras consciente en tu rutina, pero que de repente, como una inesperada  brisa de aire fresco, cambia el sentir de una tórrida tarde de febrero en Aragua.

 

 La lágrima asoma, brota, inunda y refleja. Se convierte en un espejo, como esos de pared, en el que te ves sin darte cuenta porque pasabas por allí.  En frente hay historias, vidas, un pueblo, pero con un solo alma. Y mira que es difícil.  Suena un himno que te cobija bajo la sombra de un almendro, aparecen niños que sin apenas saber caminar, danzan joropos, isas y folías. Y  ancianos del llano que fueron niños en las islas, que nunca pensaron vivir y sobrevivir a tanto, y que hoy se asoman a ese espejo sin que 8 o 10 horas de carretera le parezcan impedimento para volver a casa.

 

A casa. Cuando los isleños se reúnen, vuelven a casa. Y da igual que sea un salón de El Tigre,  una cancha de La Guaira o en el trayecto de una guagua en Altagracia de Orituco. Cuando dos o más canarios se juntan, están en casa. Al menos aquí, en este país, en esta Venezuela tan isleña, donde, parafraseando a Braulio, el timple se confunde con el cuatro. Brotan las historias, los lugares, las anécdotas, la música. El nervio viene y va, como esos viajes de ida y vuelta de los que tanto saben ellos.

 

En uno de esos viajes de vuelta, de Villa del Cura a Maracay, pude compartir trayecto con un grupo de isleños llegados desde Mérida. Las horas previas han sido un auténtico banquete de alegrías. Más de veinte grupos de todo el país acaban de reencontrarse para celebrar un día de tradiciones, folclore, comida y hasta lucha canaria. También el presidente de las Islas ha estado aquí con ellos. Hacía muchos años que no vivían algo así, en un país que si bien no pasa su mejor momento, tampoco pasa el peor de los últimos tiempos. La guagua atraviesa el atardecer maracayero y entra un poco de luz por el único cristal de la buseta que no está tintado, la luna delantera. Al otro lado de mi asiento va Teotiste, isleña de casi 90 años, a la que ni las 16 horas de carretera para ir y volver a Mérida, ni su silla de ruedas, ni su edad le han acobardado para venir a este encuentro, a casa. 

 

Durante todo el recorrido no se para de cantar. Canciones canarias de las que estoy seguro que la inmensa mayoría de los que vivimos en el archipiélago no sabemos ni terminar el estribillo. El calor, las horas y las indumentarias típicas perfectamente ataviadas no les cansan. Al contrario. Se arrancan por unas polcas picantonas. Y después de tres o cuatro, Teotiste, apenas sin voz, se arranca con la suya. Pese a estar a su lado casi no la puedo oír, no la puedo escuchar. Pero no me ha hecho falta. La he podido entender. Y otra vez, ese nudo en la garganta, esa lágrima que brota que ya no es pena, ni es añoranza. Es solamente alegría por poder compartir algo así. Tú puedes pasar por Venezuela, pero Venezuela solo habrá pasado por ti cuando entiendes que ese nudo en la garganta no apura tu respiración, sencillamente te está dando más aire para continuar.