17 de abril de 2024

Un canario en Cartagena de Indias, Colombia

Cartagena de Indias era junto a la Habana una de las ciudades más militarizadas y amuralladas del imperio español. La leyenda dice que Carlos III, mientras ojeaba los gastos de defensa para La Habana y Cartagena, miró a través de su catalejo y dijo: «¡Esto es indignante! Por este precio, los castillos se ven desde aquí.
Muchos canarios residieron allí pero muy pocos nos dejaron relatos de cómo era su vida cuando España era un imperio que se sostenía a duras penas.
Uno de ellos era Tomás O’Neille y Salmón nacido en el puerto de la cruz el 5 de octubre de 1764 hijo del irlandés Patricio O’Neille y de la portuense Catalina Salmón.
El 8 septiembre de 1796 (32 años) escribía a Tenerife comentando sus ansias por regresar a Tenerife para cuidar de la familia que había dejado.
“Bien sabe Vmd [Vuestra Merced] las pocas proporciones que tuvieron mis difuntos padres y quedó juntamente mi hermana a la sombra de mi tía María Salmón quien nos crio y administró en cuanto alcanzaron sus posibles. No ignorará Vmd tampoco que salí de esas Yslas para la América Ynglesa sin más amparo que el de Dios, a la buena ventura como una bala perdida; pero como la providencia jamás ha faltado a nadie, no experimenté contratiempo alguno y antes bien logré buen acogimiento de varios amigos a quienes fui recomendando.
Después de dos años y medio de residencia en Charleston en South Carolina (Tomás era bilingüe), vine a esta plaza en donde logré buenos amigos quienes me introdujeron con los Jefes principales los que me ocuparon en varias comisiones del Real Servicio a las colonias extranjeras y últimamente determiné, con la protección del Virrey del Reyno, asegurar el pan en la carrera de las Armas, entrando de Infante de Milicias para contraer algún mérito sobre cual recayese mi pase al Regimiento de Infantería en el que sirvo, en la misma clase y en el cual por mi antigüedad debo salir mui pronto a capitán, no obstante espero antes el grado.
Con las frecuentes noticias que tenía tanto de mi casa como de algunos amigos, consideraba que mi hermano adelantaría poco en su patria y que mas bien estaba expuesto a perderse como varios que todos hemos conocido; y resolví traerlo a mi lado a que corriera su suerte.
Le hice sentar plaza de cadete en mi regimiento en donde con la distracción de la obligación y demás funciones anexas al servicio militar le tenido sujeto, muy estimado de los jefes y con las gentes del País y he logrado que saliese un regular mozo y un completo oficial de Infantería habiendo tenido la fortuna de haber salido a subteniente a los cinco años y meses de cadete pues otros han contado diez y doce años.
Gracias al Altísimo nos hallamos ambos colocados con honor y estimación. Yo he estado de ayudante del jefe de Escuadra Dn. Joaquín de Cañaveral todo el tiempo de su Gobierno y en mis ausencias y enfermedades, que han sido muchas, me ha sustituido mi hermano.
Antes de la Guerra entable la solicitud de pasar al Batallón de esas Yslas o de Ayudante Mayor de milicias a fin de estar al lado de mis tías y socorrerlas como es justo pero la Guerra frustró mi proyecto; y ahora que pensaba repetir la instancia a tenido el Rey a bien nombrarme de Gobernador de las Yslas de San Andrés en la Costa de los Mosquitos, por cuya razón es imposible el verificarlo y pienso en que sea Enrique el que solicite el pase a las islas hasta que Dios quiera que yo le siga.
Para esta empresa me valgo del piadoso corazón de Vmd para que interesándose en el bien que resulta a esas pobres se valga de sus amigos en Madrid para que se consiga con el ministro de la Guerra la gracia que solicito en la adjunta memoria. Yo se que Vmd tiene buenos amigos en la Corte, y que ha sido propenso a hacer el bien en todos los aspectos y cualquier gasto que se ocasione para el agente, satisfaré a Vmd a su primer aviso.
Años después fue nombrado gobernador colonial español del archipiélago Caribe occidental de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, hoy parte de la República de Colombia. Por tanto nunca pudo regresar.
Por Carlos Cólogan Soriano